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UNA DE DOS

Aquel año se había propuesto disfrutar de unas vacaciones diferentes. Hacía
tiempo que venía acariciando la idea sin decidirse nunca del todo y ahora, una de
dos, o se quedaba sin aventura o, de una vez por todas, ponía en marcha el
proyecto. Partió con su furgoneta dirección a la costa del sur con la intención de
recorrer todo el litoral, se trataba sin duda de un periplo curioso e improvisado,
sin ataduras y con el firme propósito de no planear nada con antelación. La
aventura iba ya por su segundo día y atravesaba la concurrida ciudad de
Stroôm, paso obligado para alcanzar el hermoso tramo costero que conduce a
Port Palmer, antigua población pesquera famosa también por su aguardiente.
Precisamente mañana se celebraba la fiesta del exquisito licor y pretendía llegar
allí antes que anocheciera.
Aliviado, terminó de salir del atasco en hora punta de aquella ciudad y tomó la
carretera comarcal que se desviaba hacia el mar. En el siguiente cruce, le pareció
reconocer el rostro de la muchacha que aguardaba junto a la señal de tráfico.
Continuó algunos metros más adelante, antes de dar la vuelta para comprobar
detenidamente si se trataba de verdad de la misma chica que él conocía.
Efectivamente, al pasar de nuevo lento a su lado distinguió el lunar
inconfundible de su pómulo izquierdo y detuvo su furgoneta, al tiempo que la
muchacha se acercaba a la ventanilla.
-Sí, voy hacia Port Palmer. Si quieres venir, te llevo...-, respondió a la chica al
mismo tiempo que levantaba las gafas de sol descubriendo el rostro.
Al reconocerle, a la joven le brillaron los ojos y, alegrándose por la sorpresa,
tomó asiento a su lado mientras no dejaba de lanzarle un repertorio continuo de
preguntas. Se conocían de los años del Instituto, incluso llegaron a tener un
escarceo sentimental sin éxito y, más tarde, con la incorporación a la universidad
siguieron destinos distintos. Le contó lo de su reciente trabajo estrenado como
profesor de Biología y del proyecto solitario de sus vacaciones. Carla no podía
salir del asombro, de tanta casualidad, precisamente allí, en aquel cruce de
carretera dirección a casa de su amiga en Port Palmer para celebrar mañana su
cumpleaños. Ella siempre fue un tanto maniática para explicar o querer
entender ciertas coincidencias o situaciones y, sin tapujos, se propuso que había
que celebrar aquel inesperado encuentro con un especial acontecimiento. Al fin y
al cabo ya se conocían, en un tiempo incluso intentaron llegar a más. La
proposición no pudo menos que sorprenderle, aunque lo disimuló, aceptando de
buen grado la sugerente invitación.
- No has cambiado nada, Carla!...
El bosque que iban dejando a un lado del arcén le pareció el lugar idóneo para
la ocasión y por qué dejarlo para más tarde... Una proposición tan atractiva se
debe atender de inmediato. Abandonó el carril y, despacio, entró en la zona
arbolada, adentrándose hasta el sitio mejor alejado para celebrar su euforia
contenida y no ser molestados. Allí, entre la espesura del bosque rememoraron
antiguas caricias olvidadas con ímpetus nuevos. El flirteo inicial dio paso pronto
a mayores en la parte trasera de la furgoneta que se mecía con un ligero vaivén,
provocado por el inquieto embiste de dos pasiones encontradas.
Ya caía la tarde cuando entraban en Port Palmer, después de una prolongada y
satisfactoria sobremesa. La amiga de Carla esperaba a la entrada de la casa y
saludaba sin poder ocultar su innegable acento, propio del dialecto de la comarca
costera. Ingrid también era rubia, más incluso que su antigua novia y, al
presentarle, insistió con amabilidad para que se quedara y asistiera a su fiesta
del día siguiente. La verdad es que no le ayudó la excusa de que iba a continuar
viaje, pues pensaba asistir a la fiesta del aguardiente, pero aquella imprevista
invitación en el mismo lugar y en el mismo día le dejaba atrapado en una
contradicción demasiado evidente, así que sin poder negarse aceptó quedarse
solo por una jornada.
La fiesta del aguardiente comenzó aquella misma noche y durante la mañana
siguiente continuaron los festejos, entre fuegos de artificio, concursos, bailes y
degustaciones interminables del embriagante licor. A media tarde, Carla e Ingrid
le aconsejaron bajar al salón principal de la gran casa y, a ser posible, con traje
de gala. Se trataba de una fiesta muy especial, su cumpleaños coincidía con la
fiesta mayor del pueblo y, en una especie de tradición establecida, se
acostumbraba a celebrar aquella otra fiesta paralela, curiosa mezcla de disfraces
y trajes regionales.
Llevaba esperando un rato en el salón principal y ya había llegado un número
considerable de animados invitados, la mayoría engalanados de los más
variopintos disfraces, divertidos, extravagantes, inauditos algunos de ellos. Las
risas crecían en volumen elevando el tono festivo del salón que parecía quedarse
pequeño ante la constante avalancha de gente que no cesaba en llegar. No llevaba
en el equipaje de aquellas vacaciones ningún frac ni traje de gala, pero su
americana de diario y aquella corbata multicolor daban el contrapunto ideal
para cumplir el requisito previsto. Se alegró del acertado consejo de las chicas,
pues así pudieron reconocerse entre aquel loco carnaval de estrafalarios adornos.
Ellas estaban elegantes, preciosas, embutidas en sus vestidos de princesas
orientales.
La música no le dejaba oir las palabras de Ingrid y se dejó llevar de la mano
escaleras arriba. Al cerrar la puerta de la habitación, Ingrid se pegó a su cuerpo
y, sobrecogido por la pregunta, se estremeció al sentir sus palabras resbalarle
por el cuello erizándole cada centímetro de piel.
-Carla me aseguró que eres una joya única, ¿me dejas probarlo?...
Con dos rápidos movimientos de sus dedos se despojó del traje de fiesta y,
desnuda entera, se abrazó a él, solícita. Sin despegarse, unidos, se acercaron a la
cama y cayeron abrazados, enzarzados en la ardua tarea de explorarse con
deleite, ajenos a ninguna otra fiesta que no fuera la suya.
La fiesta debió continuar hasta altas horas, aunque para él pasó desapercibida
el resto de la madrugada, había tenido su fiesta particular y se felicitaba por ello.
Cayó dormido con tanto trajín, con la mente puesta en la carretera del día
siguiente, las emociones por el momento habían resultado intensas. Sin embargo,
antes que amaneciera del todo notó el cuerpo de Carla que se acostaba a su lado,
sin ropas, jugueteando con su cuerpo, entumecido aún de la noche pasada. La
fiesta no parecía haber acabado para él, pues Ingrid se acostó al otro lado y entre
las dos mujeres consiguieron enderezar de nuevo la alegría de su cuerpo, que
despertó del todo. Fue una despedida apoteósica, una esperanzadora inyección
de vitalidad. No siempre concurren circunstancias parecidas, pero al menos a él
ya le había ocurrido.
Prosiguió el viaje por la costa en la mañana gris de brisa fresca, agradecida,
frente al calor de días atrás. También atrás quedaron las chicas, sus entrañables
momentos compartidos. Le asaltó la tentación de permanecer allí junto a ellas,
pero una de dos, o proseguía solo adelante con su aventura o se arriesgaba a
malgastar la experiencia. Sin duda, lamentaría tiempo después repetir una
ocasión tan especialmente señalada, pero tardaría en borrar el grato recuerdo
del sabor nuevo de aquella primera vez. La carretera sinuosa se retorcía
persiguiendo las curvas a lo largo de la playa, pero él estaba en otra cosa, no
atendía al paisaje.
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