|
| |
SI ALGUNA VEZ REGRESAS...

Cuando la luz de oro pálido se sumergía en el atardecer del océano se amaron,
al amparo de los esbeltos cocoteros, convertidos en mudos testigos de todos los
susurros que el viento del amor iba dejando a su paso. Al despedirse, él le tapó la
boca con su mano...
-Cuando vuelvas colocas el quinqué en la ventana...-, le musitó al oído, antes de
subirse a la canoa y alejarse remando entre las ondas doradas del oleaje calmo.
Esa era la señal, cuando la luz brillase en la ventana de la cabaña en la playa, él
sabría que ella había vuelto y estaba allí esperando. Mientras tanto, aquella
cabaña tan solo sería una más de las que bordean la costa de Tau Piun, un atolón
desperdigado en infinidad de islas e islotes, unos habitados y algunos olvidados.
La diminuta isla de Raon fue la escogida para su oculto amor.
Allí, las distancias entre islas no existían y a golpe de remo era posible no solo
transitar entre ellas sino también recorrerlas sin acabar nunca de visitarlas en su
totalidad. Apenas unas yardas mar adentro y ya se podía vislumbrar la isla de
Raon, casi insignificante y por tanto desapercibida. Sin necesidad de
desembarcar, desde la canoa, se podía ya saber si la cabaña de la playa estaba o
no habitada. Por eso la contraseña ayudaba a no equivocarse, si el quinqué
alumbraba al atardecer de nuevo su amor se haría realidad.
Cuenta la leyenda que la erupción del volcán Kratonga fue tan tremenda que
aún pueden contemplarse restos de sus brasas en los atardeceres desde la isla,
desde los restos que componen hoy el actual atolón. Sin embargo, esta historia
para él no tenía otro sentido que la añoranza callada por su tierra ahora tan
lejana. Allí, entre los edificios de la gran ciudad era inevitable no caer en el
recuerdo entristecido, sobre todo, en ese momento íntimo en que el sol se oculta.
Es entonces cuando al cerrar el local, antes de ir a acostarse, sube hasta la colina
y desde su automóvil, en lo alto, contempla la ciudad con su parpadeo brillante
de luces. Los edificios en la noche parecen ser los únicos que en ese momento no
duermen y para él es ese el mejor momento del día.
Primero fue el buque mercante, sí, aún recuerda cuando salió de la isla. Ya
meses antes le habían advertido de la posibilidad de trabajar a bordo, las cosas
en la isla no eran muy fáciles, así que cuando de improviso su contacto le avisó
no tuvo tiempo para pensarlo ni dos veces. Ni siquiera pudo hablar con ella y
explicárselo... Cada tarde no puede evitar imaginarla esperando en su isla, con
su quinqué brillando ante una ventana solitaria. Fue lo más duro, su recuerdo le
persigue cada noche.
Luego consiguió encontrar trabajo en el puerto y, de ahí a montar su pequeño
negocio de hamburguesería en el local alquilado de la subida a la colina, fue todo
un rodar de sucesos en absoluto debidos al azar sino, al contrario, ganados a
base de duro esfuerzo y sudor. Había ahorrado algo si bien no lo suficiente
para regresar a la isla, aunque albergaba el sueño de volver algún día.
A ella le extrañó, desde luego, su amor era tan grande, tan fuerte, parecía tan
de verdad que presintió nubes oscuras desatadas por algún avatar desconocido
que un dios enfurecido hubiera interpuesto en su horizonte. Iban viéndose así
durante años, ciertamente se conocían desde la infancia, pero su linaje noble
emparentado con la realeza de la isla no permitía la relación con extraños a la
familia real. La tradición era muy estricta en este aspecto, por eso habían de
encontrarse a escondidas, porque se querían con un cariño verdadero que creció
como crecen los niños, sanos e inocentes, ajeno a todo impedimento artificial. Él
era un buen muchacho, no podía entender el motivo tan importante que
explicase su ausencia. La cabaña de la playa convirtió en esclavitud lo que hasta
entonces fue un refugio de amor. Ella no dejó de atender a la cita y cada tarde, al
ponerse el sol en el horizonte entre las islas, un quinqué brillaba tenue a la orilla
de una playa abandonada.
Su padre acabó por descubrirla. Aunque ya puesto en alerta desde hacía
tiempo acerca de las idas y venidas en la canoa de sus hermanos, sus ausencias de
la casa real fueron vigiladas y, una vez descubierta, el mandatario de la isla tomó
la firme resolución de poner fin a tales encuentros encubiertos. En el continente
encontró el sustituto idóneo para que la fiebre por el joven isleño se fuera
esfumando como solo el tiempo es capaz de lograrlo con ayuda de la más
obligada distancia. Así, la muchacha salió vuelo a aquel horizonte que desde su
isla tantas veces contempló ocultarse, plácido. Esta vez, sin embargo, la
ocupación que le habían buscado en el continente, además de hacer de ella una
persona válida para ganarse el propio sustento también conseguiría mantener
alejado todo contacto con su amor prohibido. Le imaginaba regresando un
atardecer de tantos en la isla, acercándose a la cabaña entre curioso y
extrañado... Luego, solo el chapotear del remo que se aleja en el agua, podía
incluso escuchar el silbido de las canoas. El quinqué apagado, callado y triste,
como su ilusión, descansaba en el fondo de su equipaje rumbo a un nuevo
horizonte para su vida en el continente.
Aquella noche subió, como tantas otras, a despedir la dura jornada desde lo
alto de la colina. Se apoyó en el reposacabezas para observar el cielo. Abajo, un
océano de edificios y ventanas se debatía en aparente calma con su rugir de olas
incesante en busca de la otra orilla, tal vez la del día siguiente, pero... Algo llamó
pasmosamente su atención. De entre toda aquella infinidad de luces nocturnas
solo un brillo especial destacaba el de aquella ventana y la distinguía de las
demás. No quería dar crédito a lo que sentía al contemplar el peculiar tintineo de
aquel resplandor que reavivaba la llama más recóndita del cajón de sus
recuerdos. Aguijoneado por la curiosidad puso en marcha el vehículo, decidido a
explorar y dar con el paradero exacto donde habitaba aquella luz.
Debería encontrarse, si su sentido de la orientación no le fallaba, por aquella
zona, en alguna barriada cercana. Antes, descartó otras calles a fuerza de
equivocarse, deambuló entre bloques y callejones, algunos incluso sin salida,
hasta localizar al final la repisa donde descansaba el brillo que perseguía. El halo
luminoso desató un sinfín de emociones desbordadas y, de golpe, le trajo la isla
hasta ahí. Aunque sobrecogido, se apeó del coche y, bajo la ventana, aún sacó
arrestos para silbar la tonada melodiosa con que se saludaban entre las canoas
en las islas... Entonces la ventana se abrió y fue la isla entera la que se asomó.
Al pie de la colina que otea la ciudad, donde antes estuvo la hamburguesería,
hoy el Café Bar resplandece a la luz de los quinqués. Un mar de edificios se
extiende ante el horizonte vivo y palpitante de la noche. Tan vivo y palpitante
como el amor a la orilla de alguna playa, en algún lugar...
Luis
Tamargo.
 
|