|
| |
NO TAN INOCENTE

Había transcurrido casi un año y medio ya desde que llegó allí, dispuesta a
encontrar la solución a sus problemas presumiblemente en pocas semanas.
Tampoco se ganaba lo suficiente para continuar camino, aunque la cuestión
estaba en que no surgía delante camino alguno que emprender. Casa
Guillermina era un motel de carretera, remodelado de acuerdo a los nuevos
tiempos. La Señora, como llamaban a la patrona, regentaba aquella modesta
casa de citas con un reducido grupo de muchachas jóvenes que si antes no
desaparecían las iba despidiendo, obligadas a contratos parciales, para así
actualizar las posibilidades del negocio.
A ella le había renovado ya una vez, pero se temía que el momento de partir
llegaría en breve. En cualquier caso, se trataba de una incómoda incertidumbre.
Además, aquella localidad carecía de atractivos alicientes y tampoco ayudaba a
la calidad de los visitantes, obligando con demasiada reiteración a tragar con
todo tipo de clientes, muchos de ellos intratables de otro modo. El lunes era el día
que a ella le tocaba acercarse a la ciudad para hacer la compra de las
necesidades de primera mano. Siempre le gustaba asomarse a la estación de
trenes y mirar el final de los raíles en el horizonte, le hacía soñar con un destino,
desconocido, pero diferente. Aquella tarde apenas dos personas formaban la cola
para sacar los billetes. El muchacho que tenía el bolso de mano bajo el brazo
esperaba paciente, detrás de la viejecita del pañuelo rojo y, por un instante,
abandonó la fila para hacer intención de asomarse al andén. Fue suficiente para
que aquella banda de desarrapados críos de barrio aprovechara el descuido y
con habilidad se llevaran al vuelo el bolso de mano que había dejado en la repisa
de la ventanilla. Ella lo había visto todo, conocía a aquellos ladronzuelos y sabía
que después irían a los aseos a desvalijar el botín, se quedarían con el dinero o
piezas de valor y el bolso lo tirarían al contenedor. Por eso, se dirigió con
decisión a los servicios de la estación y sacó del aseo, agarrado por el cabello, al
harapiento muchacho...
-Si no me lo das ahora mismo aviso al policía...-, le amenazó.
Después se acercó al muchacho que se lamentaba en el andén de su desgracia y
le devolvió su bolso desaparecido. El chico, atónito del paso tan fugaz de la
desgracia a la alegría, se deshizo en cortesías, enormemente agradecido, le quería
dejar su teléfono, su tarjeta con la dirección, le preguntaba interesado lo que
necesitaba o qué deseaba... Ella no pudo evitar, ante su insistencia, que se
sentaran en la cantina del andén a conversar. Le habló de su viaje de negocios a
la ciudad, de la importancia de la documentación rescatada ya que ahí estaban
todos los permisos conseguidos para abrir su local de trabajo, incluso, guardaba
en el bolso de mano el préstamo inicial con que comenzar mañana mismo a
trabajar. No podía estar más agradecido aquel hombre y no dudó, pensando en
la ayuda que necesitaría más adelante, en ofrecer a la chica un trabajo en su
negocio de la confitería.
Ella rehúso todo y se excusó con que no soportaba que aquellos pillastres
andaran sueltos por la calle sin otra ocupación que complicar la existencia a los
viandantes. Se despidió sin más, pero con el teléfono que tanto se obcecó aquel
hombre en entregarle. Regresaba a Casa Guillermina con el alma turbada, no
lograba sentirse tranquila, quizás nunca antes lo estuvo, pero algo le impedía
volver a su anterior actitud al percance con los muchachos. El encuentro con
aquel hombre había dejado una puerta entreabierta a la esperanza, tal vez
significaba una salida, un camino para su futuro incierto al otro lado de las
vías... Durante algunos días reflexionó sobre ello, pensativa e indecisa; se lo
notaron las compañeras, incluso la Señora le preguntó al respecto de su
preocupante introversión, pues su actitud distante desatendía a los clientes.
Ella intentó disimular unos días más, era el pacto que se había propuesto. Ya
había hablado por teléfono con el chico del andén, aunque hubo de preparar
bien la urdimbre de su inventada historia para no ser descubierta. Por eso, ella le
habló del familiar que también vivía en la localidad del hombre que le pretendía
ayudar, se incorporaría al puesto inmediatamente, se le daba bien la cocina y
tampoco encontraría inconveniente en el alojamiento con la casa de su tía tan
cercana. Así que, tomada la decisión, no fue hasta el lunes siguiente cuando su
marcha a la ciudad no despertaría sospechas, cuando cogió el tren que le llevaría
lejos de la penuria hacia un horizonte quizás mejor, aunque por descubrir.
Al principio, como en todos los comienzos, el sacrificio fue duro. El nuevo
trabajo era su tabla de salvación y se aferró con el tesón de quien ha conocido
tiempos peores. La nueva vida se abría lenta, pero con la certeza del paso a paso.
Sus manos eran indispensables en la marcha del negocio que ya comenzaba a dar
sus frutos, al cabo de varios meses. Mientras, el hombre le agradeció infinitas
veces al cielo de haber interpuesto a aquella mujer en su camino, le recuperó el
crédito, los permisos y, por si fuera poco, trabajaba sin descanso dejando el alma
en ello y defendiéndolo como si fuera suyo. Se fue desarrollando una relación
estrecha entre ellos, la coordinación y entendimiento en el trabajo era
inmejorable, no existían esperas ni negativas a cualquier sobreesfuerzo y, poco a
poco, fue madurando aquel otro sentimiento más profundo.
Una mañana, el repartidor se le quedó observando como si le conociera de
algo. Ella reconoció a un antiguo cliente de Casa Guillermina, pero tragó saliva y
echó adelante. Tal vez algún día le contaría su oscuro pasado, pero por ahora no
lo tenía entre sus intenciones, antes era preciso consolidar lo ganado si aquella
relación seguía su buen comienzo. Era un buen hombre y se felicitaba de que la
suerte, aunque fuera a costa de duro trabajo, le mostrara por una vez en su vida
el lado más amable. A él le parecía un regalo del cielo aquella mujer hacendosa y
ya hacía tiempo que pensaba en ella como algo más serio dentro del marco que
conformaba su vida, por eso se lo propuso una tarde, nada más cerrar el local.
Ella se mostró preocupada, pero él le animaba tratando de transmitirla
confianza... Si ella quería, si de verdad así lo deseaba podía contar con su
trabajo, no le faltaría y él tampoco... Tampoco fallaría, la quería, también podía
contar con él, nada tenía que temer. Ella le acarició la frente intentando
calmarle, sí, continuaría adelante con él, le estaba muy agradecida...
Se besaron con pasión, con las manos entrelazadas como dos adolescentes. La
pasión se fue encendiendo como un ascua al rojo vivo y, allí, sobre la mesa de la
cocina se amaron, echando a rodar los utensilios que antes quedaron ordenados.
Nada importaba más que dar rienda suelta en ese instante a su imparable instinto.
Entre suspiros entrecortados y chorreados de sudor desbordaron sus pasiones
incontenibles. Para él no había duda alguna, era la mujer predestinada de su
vida; para ella, era su oportunidad, no otra más sino la nueva y única...
|