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MERECE LA PENA

Si algo me gustaba de aquella pensión era la serena tranquilidad del barrio en
que se aposentaba. En definitiva, la modesta población de San Lorenzo era de
por sí apacible y monótona, casi hasta el aburrimiento. Por eso la escogí como el
marco ideal para sentar las bases de mi futura obra y, allí, en la pensión de la
calle Doctor Fleming establecí la sede permanente de mi estudio de pintura. Mi
propósito consistía en romper las penurias y tópicos que asolan a los artistas,
esclavos de una vida sometida a los mandatos últimos de las primeras
necesidades, el pan, la ropa, la oficina, el coche... Demasiadas obligaciones
acaban por inutilizar el talento y este, como joya atesorada, debe hallar rienda
suelta a su expresión sin límites, imposiciones o ataduras que impidan su natural
desenvolvimiento. Esto es lo que perseguía, no perder la espontaneidad debería
constituirse en la máxima de un artista que se precie. Era un modo de vida y, por
tanto, había que protegerlo.
La luz de la tarde impregnó muchos de los cuadros que durante horas
incontables acabé de finalizar allí, en el estudio de la segunda planta. No me
habría importado tampoco alquilar el ático de arriba, pues las pinturas se
amontonaban, lienzo sobre lienzo, contra las paredes repletas de mi modesto y
diminuto apartamento. Además, me frenó el hecho a considerar de obligarme a
pagar un alquiler más, lo que me llevaría ineludiblemente a la rueda trepidante
de la que me empeñaba en huir. Por eso, aquella mañana me sobresaltaron los
ruidos provenientes del apartamento superior, hasta entonces desocupado. La
tranquilidad que disfruté en solitario hasta aquel momento pareció anunciar su
irremediable final con aquel taconeo repetido de unos zapatos que caminaban
arriba, de un lado para otro, ahora arrastrando algún objeto pesado o bien
golpeando el suelo del piso con un caer estrepitoso y descuidado.
La señora de la pensión me explicó sin entrar en demasiado detalle, al escuchar
mi esperada pregunta, que había alquilado la buhardilla a una mujer recién
llegada, no se acordaba de dónde si es que se lo había dicho. Y rápidamente,
como si temiera un bombardeo de preguntas en exceso curiosas, desapareció por
una de las puertas del enorme pasillo que cruzaba de lado a lado la planta baja,
destinada en su totalidad a la vivienda de los propietarios del negocio.
Cuando subí a mi habitación pude observar a través del hueco en el rellano de
la escalera que su puerta estaba abierta. Una claridad inmensa irradiaba desde
adentro, quizás el balcón también estuviera de par en par ventilando la
habitación hasta ahora deshabitada. Me descubrí curioso, casi que impertinente,
intentando inconscientemente crear excusas para averiguar quién y con qué se
ocupaba la morada que descansaba encima mío. Esa tarde me costó trabajo
concentrarme para proseguir con la marcha de mis pinturas iniciadas. Escuché
un fuerte portazo de arriba, tal vez causado por una corriente de aire
desprevenida y me pareció una disculpa aceptable para salir afuera a entablar
una posible conversación. Nadie en el rellano y la puerta, de nuevo, volvía a
permanecer abierta... Decidido a inventar cualquier pretexto subí escaleras al
ático hasta llegar ante la puerta. Nadie adentro, sin embargo se podían
contemplar los muebles y adornos y busqué los detalles capaces de hablarme
sobre la naturaleza de la persona que allí vivía. Escuché ruido de agua en la otra
habitación, posiblemente se encontraba en el baño. En efecto, me asustó cuando
de súbito hizo acto de aparición, únicamente cubierta con una camiseta corta y
una braguita blanca y fina, tanto que ocultaba solamente lo preciso. Se apercibió
de mi presencia cuando se disponía a ordenar el equipaje de sus maletas
extendidas sobre el sofá y, sin terminar de volverse hacia mí, me indicó en voz
alta que la puerta estaba abierta, invitándome a traspasar el umbral. Pude
comprobar que sostenía un cigarrillo entre los labios.
-Solo quería presentarme, escuché ruidos y... Soy el vecino de abajo.
-No molesta, no se preocupe. Adelante!-, su tono no denotaba la amabilidad que
se dice por cumplir, pero preferí pecar de prudente y posponer la visita.
-Cuando acabe de instalarse, tranquila, gracias... Ah! Y bienvenida!
A la tarde siguiente coincidimos en el rellano, ella regresaba de fuera, elegante,
bien arreglada y, rápidamente, se aprestó en acabar la presentación de la otra
tarde. Me ofreció subir al ático y me puse cómodo en el sofá mientras ella
entraba al baño. Observé el ambiente acogedor de la sala frente al amplio
ventanal que daba a los campos y jardines que preceden al bosque de San
Lorenzo.
Escuché que me hablaba desde el baño, se quejaba del día tan intenso que
había soportado. También, ensalzó la belleza de los bosques de San Lorenzo y las
bondades de los pequeños pueblos que, en su natural humildad, esconden el
secreto de la serena tranquilidad y del saber vivir, algo de lo que se han olvidado
en las ciudades. Salió envuelta en una toalla y con el cabello mojado recogido en
otra, a modo de turbante. Una mascarilla de intenso verde pistacho le cubría los
párpados y seguía explicándose, mientras se frotaba los brazos con una crema
incolora que desprendía un aroma fresco y penetrante. Se interesó por mí, de
dónde era, a qué me dedicaba y se sorprendió con admiración al enterarse que
era pintor, sí, de lienzo y pincel fino, sí, sí, un artista. Entonces me habló de su
trabajo, de su penosa labor de modelo publicitario y, a decir verdad, no me
habría extrañado reconocer su rostro de entre algunas de las revistas de moda.
Su estancia en San Lorenzo se debía a un reportaje filmado en el entorno del
bosque y de sus afamados jardines, que constituían el marco apropiado para
aquel cortometraje de una nueva colonia, una innovadora fragancia para el
mercado cosmético. El día anterior fue pesado y repetitivo, hubo que volver a
filmar las mismas tomas hasta encontrar el efecto de luz apropiado o, mejor, la
lente capaz de reflejarla con fidelidad. El fotógrafo acabó por poner nerviosas a
las modelos con sus exigencias y hoy igualmente, las tomas se sucedieron
compulsivamente, sin apenas descanso. Mañana sería otra dura jornada, pero
disponía de todo el fin de semana para recuperarse y descansar. Se había
propuesto no caer en la vorágine del ambiente que rodeaba al trabajo y por eso
escogió aquella población cercana a los bosques y aquella modesta pensión,
alejada de las compañeras y de los equipos de filmación, sí, merecía la pena.
Con ánimo de corresponder a su sincera claridad, le manifesté mi interés por
su atractiva profesión, viajando, conociendo lugares nuevos a menudo de alto
postín y disfrutando de personajes y ambientes selectos. Había vuelto a salir del
baño luciendo un ajustado corpiño de flores que dejaba al descubierto el
redondeado ombligo de su vientre moreno y liso, por encima de su braguita
blanca y tan estrecha. Se estaba peinando su rubia melena cuando de pronto
paró el movimiento del cepillo e, inmóvil en el centro de la habitación con los
brazos caídos al suelo, parecía prestar atención a quién sabe qué mandato
divino. Se le ocurrió de repente aquella idea, la de posar para mí, casi con
fijación obsesiva, la de que tenía que pintarla, sí, se propuso llevarse de aquel
lugar su retrato.
Acepté la idea instintivamente, no pensé en compromiso alguno pues es mi
costumbre cotidiana andar entre colores y paletas y, por eso, sé apreciar el valor
de un modelo espontáneo que se preste. Al marchar, quedamos en concretar el
proyecto en ese fin de semana y, cuando quise cerrar la puerta, ella se interpuso
y me susurró al oído que una puerta entreabierta es la mejor de las cerraduras y
que siempre la encontraría así... Bajé los escalones, pero solo escuchaba la
zozobra de mis latidos agolpados dentro del pecho. Sin embargo, esa noche
dormí plácido y descansado como hacía tiempo que no lo recordaba.
A la noche siguiente sentí sus pasos subir hacia el ático muy de madrugada, sin
duda, debió de tener otra dura jornada de trabajo o quizás de fiesta. Ya por la
tarde me asomé a su puerta... El ruido de la ducha cesó y su cabeza enmarañada
apareció tras la puerta del baño.
-Pasa, pónte cómodo... Pero antes trae tus bártulos, artista,
empezamos ahora...
Sin rechistar, obediente, subí aquel juego de pinceles nuevo
que guardaba para
no sé qué sesión especial, también los lienzos de bastidor y el caballete de campo
que para aquella ocasión me serviría ni que pintado. La luz que entraba por el
ventanal de la sala creaba la atmósfera idónea y, rápido, dispuse todos los
elementos y material necesario para convertir la habitación en un improvisado
estudio. Ella atendía mis indicaciones, envuelta en su media toalla y con su
inseparable braguita, tan diminuta y estrecha. Le expliqué el modo de tenderse
en el suelo, la posición de las piernas entrecruzadas, de las manos posadas y
expresivas, el ángulo del rostro y la leve torsión del cuello con la cabeza inclinada
para que el escorzo lograra reflejar toda la delicadeza sensual de aquel bello
cuerpo, sugerente. Una belleza que me impresionó y a la que, con el aliento
contenido, procuré sobreponerme para que los primeros trazos delimitasen el
marco de lo que sería el próximo escenario. También me preocupé de realizar
descansos, no deseaba resultar igual de molesto que los fotógrafos con los que
había trabajado. Ella lo agradeció, se sentía cómoda, sonreía y, de un golpe, se
desembarazó de la toalla y su braguita...
-Así mejor...-, musitó al tiempo que su mirada esbozaba una
sonrisa picarona.
-Podemos continuar mañana, no es necesario agotarse ni
acabar hoy... -, intenté disculpar.
Pero ella se puso en pie y vino hacia mí...
- No, pónte cómodo tú también!
Tiró de las mangas de mi jersey y me lo quitó. Luego sentí sus pechos pegados a
la piel de mi torso, sus pezones me acariciaban con suavidad de terciopelo y con
su boca besaba mi hombro y me mordisqueaba el cuello. Posé los pinceles, sin
poder evitar que alguno cayera. Sabía lo que iba a suceder casi como si lo
hubiera imaginado, como si lo hubiera pintado. Los dos cuerpos desnudos
rodaron sobre el suelo alfombrado, abrazados en una sola caricia, fundidos en
un gemir de pequeñas pasiones encendidas que aumentaban en intensidad,
ansiosas ya por desbordarse o ya por encumbrarse a otra cima más alta de
placer. Así, hicimos el amor entregándonos por entero, hasta que el sueño nos
acogió bajo su reinado nocturno. Desperté a medianoche, al lado de su cuerpo
caliente y desnudo, juntos bajo el edredón, sin querer despertar nunca de aquel
sueño.
En los días sucesivos compaginamos sesiones de fotos con las poses frente al
lienzo. Nunca conocí una sensualidad así de salvaje y única y, también, sabía que
al igual que llegó sin esperarlo volvería a marchar, quizás sin retorno. El final
llegó triste, sí, pero lo celebramos con otra sesión doble de amor sin freno. Luego,
por fin el adiós, una despedida con sonrisa...
Ahora miro hacia su puerta desde el rellano, esperando encontrarla
entreabierta. Tal vez regrese algún día aunque tan solo sea para recoger su
pintura, el retrato que le dediqué. Tal vez algún día añore el tiempo detenido de
los pueblos pequeños donde la vida recupera la respiración al compás del bosque
y regrese para recobrar la tranquilidad del aroma que merece la pena.
Luis
Tamargo.
 
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