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LA MAGA

La llamaban la Maga porque era capaz de resucitar a un muerto. La fama
de sus encantos le valió traspasar la frontera de la leyenda.
-Si alguna vez pasamos por Villa Farbar no podemos perdernos el espectáculo
de la Maga! Es genial...-, bromeaban sus compañeros, entre risas y chascarreos.
Desde que había comenzado la copromoción con la otra empresa su trabajo
entró en una etapa de colaboración, donde el contacto con sus compañeros era de
cumplimiento obligado para que aquella labor de equipo que se perseguía
lograra los frutos previamente planificados. Las reuniones de trabajo se sucedían
cada semana, aunque si la importancia de la gestión lo requería podían
realizarse en el mismo día. En otras ocasiones, se trasladaban a diferentes
lugares o ciudades de su zona de trabajo para tratar los temas prioritarios y las
medidas a tomar. Ni que decir tiene que esta estrecha comunicación entre los
delegados comerciales creaba aún más posibilidades de conocerse, incluso de
respetarse, pues los gustos y preferencias obedecían a caracteres subjetivos y
diferentes. La clave consistía en equilibrar situaciones, pues si el trabajo era lo
importante, no se podía ni debía transgredirse el área en lo personal. Al menos
así lo consideraba él, para quien lo mejor de su profesión radicaba en el
conocimiento de las relaciones interpersonales y, de ahí, que lo
considerara un
tema delicado.
Para él, sin embargo, aquel año fue delicado en exceso. Su esposa había
fallecido en accidente y, con los hijos crecidos, el trabajo se convirtió en una
herramienta de escape al permitirle descargar su tristeza y concentrar sus
expectativas en nuevos anhelos. Todo era muy reciente y le costaría esfuerzo
sobreponerse a la nueva situación. No obstante, siguió fiel a su carácter tranquilo
y familiar. Nunca participó en las aventuras de sus compañeros, pero los
respetaba. Comprendía aquellos deslices en los Clubes de alterne, las ganas de
divertirse y disfrutar, aunque él siempre se conformó con pasarlo bien de otro
modo. Los compañeros también le conocían y no se entrometían en sus
particularidades, pues en lo profesional también le avalaba su seriedad. Además,
era un buen compañero.
La reunión semestral aquella vez se celebró en Villa Farbar y, después de toda
una jornada dedicada a resolver los asuntos que les convocaban, llegó el
momento esperado de la noche para tratar de distraerse con otras diversiones
más placenteras, pues no siempre se iba a estar pensando en lo mismo. Al acabar
de cenar se dirigieron a la Sala de la Maga, el renombrado espectáculo en directo
prometía una noche de verdadero disfrute. Él los dejó marchar y, como en tantas
otras ocasiones, entró al hotel, allí, en su habitación se puso cómodo y cambió de
una a otra cadena del televisor sin encontrar nada de su interés. Intentó leer
algún capítulo más del libro que le acompañaba en los viajes y, por fin, se
dispuso a descansar. Sin embargo, el sueño no hacía acto de presencia, casi que
auguraba la típica noche de difícil arreglo. El recuerdo reciente de su esposa
aumentaba su peso en la soledad del dormitorio y, entonces, la sobrecarga le
desvelaba. Se incorporó de nuevo y, volviendo a vestirse, bien abrigado, salió a la
calle. Villa Farbar es una población en creciente desarrollo, pero a esas horas la
animación estaba en otros lugares. Le vendría bien tomar el aire fresco de la
noche paseando las calles vacías y, así, caminó sin dirección previa, tan solo
pretendía atraer el cansancio necesario para después dormir mejor.
Al dar la vuelta a la manzana, en mitad de un paso cebra, una elegante
limusina descansaba con sus luces de alarma intermitentes, mientras una
igualmente distinguida señora intentaba recambiar el neumático averiado sin
terminar de localizar las herramientas. Pareció suspirar de alivio al apercibirse
de que alguien venía en su ayuda, llevaba allí media hora sin que nadie
apareciera ni siquiera para poder preguntar por dónde debía de empezar. Así
que acogió con entusiasmo la voluntaria iniciativa del solitario transeúnte. A él le
llevó trabajo maniobrar aquel enorme y largo vehículo, pero al final consiguió
reponer la rueda pinchada. Al acabar, le aconsejó llevar al día siguiente el
neumático afectado a un taller para que ciertamente se cerciorara de que
quedaba bien reparado. Ella le escuchó atenta, aunque ya tenía pensado el
detalle de su agradecimiento y, lo sabía, descubrió en él a un hombre bueno. Casi
le empujó al asiento trasero de la limusina y cayó sobre él...
-Gracias, cariño, gracias. Yo sé lo que necesitas, pero debes dejarte ayudar...
Le sorprendió lo inverosímil de tal situación, pero ella era una fiera de mil
brazos, eso sí, certeramente expertos. Le oprimía con el peso de su cuerpo,
impidiéndole levantarse y, con ataques constantes de besos, le tapaba la boca,
mientras iba despojándole con rapidez del abrigo y de los pantalones... Aquello
era algo increíble, imposible pedir explicaciones o disculparse, ella llevó la voz
cantante y finalmente, derrotado, cejó de oponer resistencia, sobre todo cuando
aquellas partes tan sensibles se entregaron a tan sutil caricia. Aprovechó la
imposibilidad de huir para entregarse con empeño a la obra iniciada y, uno con
otro, acabaron por lograr exhalar gemidos de agradecimiento entre suspiros de
apasionado esfuerzo.
-Hasta siempre, cariño!... Gracias.
La limusina se alejó por la oscuridad de las calles hasta perderse en un
horizonte de semáforos despiertos. Envuelto en su abrigo, se atusó el bigote y se
dirigió andando a su hotel. Ahora el cansancio hacía mella en él y necesitaba
asimilar la naturaleza de lo ocurrido, todo tan repentino e intenso. Desde luego,
ni una palabra de esto a sus compañeros, les defraudaría o tal vez le tomarían
por embustero.
En la sobremesa de la jornada siguiente, cuando los demás bromeaban acerca
de la juerga pasada en la noche anterior, permaneció más callado que de
costumbre y solo reaccionó cuando uno de los compañeros señaló en el folletín de
la Sala de la Maga a las distintas vedettes que conocieron en vivo durante el
espectáculo. El compañero mostró la imagen de la Maga, señalando con su dedo
una foto grande de medio cuerpo que le hizo estremecer... Era la misma señora a
la que cambió la rueda, la misma que le amó con tanto frenesí...
-Es la Maga!-, comentaban entre sí los compañeros.
-Es un lujo para nuestro alcance... ¿Sabeis lo que dicen que cuesta por un día
entero...?
-Sí, sí. Creo que no admite por horas, ni siquiera una noche. Es un lujo,
demasiado...
De regreso a casa, finalizada la reunión, al quedarse a solas, le entraron ganas
de cantar, de chillar... Era extraño, pero se sentía bien, feliz. Era como si una
nube oscura y pesada hubiera desaparecido y, en cambio, una brisa ligera
viniera a resucitar un frescor de tardes recuperadas.
Luis
Tamargo.
 
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