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LA CHICA DE LA PLAYA

El sol alcanzaba su punto álgido en la mañana y la playa se había
transformado en un hervidero de gentes que se tostaban concienzudamente,
como si ello formara parte obligada del programa estival de sus vacaciones en la
costa. No estaba dispuesto a dejar que la rutina ni tampoco la muchedumbre le
aguaran la vacación, así que escogió aquel espolón apartado en un extremo de la
playa, donde las piedras convivían en abundancia con la arena haciendo desistir
al resto de los turistas de frecuentar aquella incómoda orilla.
Extendió la toalla apartando algunas de las piedras y, desprovisto del bañador,
se dispuso a conseguir un vistoso bronceado con el que alardear entre sus
compañeros a la vuelta al trabajo.
Le llamó la atención aquella chica rubia que también se colocaba allí, justo en
el límite donde comenzaban las piedras. En los cinco días que venía acercándose
a la playa, ella había mantenido idéntica costumbre en el mismo lugar. No traía
toalla, se sentaba sobre la arena y amontonaba una pila de piedras sobre las que
posaba el libro que durante toda la mañana se afanaba en leer. Luego, se quitaba
la parte de arriba de su minúsculo tanga blanco, antes de darse una zambullida
en el mar. Su figura esbelta se abría paso entre los reflejos dorados del sol que
destelleaban en el agua, mientras nadaba entre las partículas multicolores del
espejo marino.
- Vaya hermosura! Parece una sirena...-, pensó.
Después de coincidir tantos días en la misma playa podría afirmarse que se
había creado cierta familiaridad de cercanía. Cuando ella regresaba de la orilla
hacia el montón de piedras donde aguardaban su libro y su mochila, un reguero
de gotas de agua brillantes dibujaba filigranas en su piel de oro. Su rostro era
bello y, esta vez, volvió la cabeza hacia él y sonrió, natural; se sacudió el cabello
y, distendida, volvió a sentarse en la arena, ahora de espaldas al libro,
observando el cielo con los ojos cerrados, decidida a secarse.
Sabía que después acabaría por vestirse, recoger el libro en su mochila y
alejarse hacia el paseo que bordeaba la playa. Por eso, para adelantarse, hoy se
había propuesto provocar la conversación y, tratando de evitar imprevistos, optó
por volver a ponerse el bañador. Sin embargo, de súbito, la muchacha comenzó a
saludar con el brazo en alto a alguien que desde el paseo le correspondía el
saludo. Después de recoger sus cosas, en un momento, ambas chicas
desaparecían entre la gente por el paseo.
Al día siguiente lamentó perder la oportunidad de volver a intentarlo de nuevo,
ya que la excursión planeada a Los lagos y la posterior cena en el Gran Casino
así se lo impidieron. El viaje a los lagos resultó interesante, aunque pesado, casi
tortuoso, debido a los altibajos del terreno durante el largo trayecto. Además, el
calor tórrido se adueñó de todos los ocupantes del autobús y ya no les abandonó
ni durante la cena de gala. Sofocado y sudoroso, prefirió retirarse antes sin
importarle no asistir a la tan anunciada actuación del Ballet Nacional, por lo que
salió fuera a la busca de un taxi que no parecía atreverse a aparecer. El aire,
ahora más fresco de la noche, calmó la agobiante sensación de cansancio y
caminó, tranquilo. Pudo reconocer al final de la ancha avenida el paseo de la
playa que llevaba al hotel, así que se animó con la idea de regresar a pie por el
borde de la playa.
Ya casi podía vislumbrar la zona de la playa sombreada de piedras donde se
apostaba por las mañanas. El sonido de las olas que rompían en la orilla le
refrescaba y aminoró el paso para disfrutarlo. Le pareció observar una sombra
más oscura en el mismo lugar donde acudía la muchacha rubia y se esforzó en
escudriñar en la oscuridad hasta que la vista pareció acomodarse y pudo
distinguir la espuma de las olas, las piedras apiladas y alguien sentado allí, en la
arena de la playa... Se paró frente a ella, apoyado en la barandilla del paseo. Sí,
la chica de la playa estaba allí, frente al oleaje sonoro en medio de la noche
estrellada. Al poco, ella se percató de su presencia y, volviéndose hacia él, movida
por un resorte invisible, le hizo un gesto con el brazo. Cuando él se acercó, ella le
recibió con una sonrisa al sentarse a su lado...
-Un poco tarde para tomar el sol, ¿no?-, le preguntó, iniciando la charla.
-Este es el mejor sitio, siempre vengo aquí. A ti también te gusta, ¿eh?...
Le pareció sublime, encantadora, además de bella. Se explicaba con soltura, allí,
sola en la playa, sus palabras fluían con confianza y naturalidad. Le habló de
ella, de la isla, de los parajes insospechados que no conocen los turistas. Su voz
invitaba a dejarse escuchar suave, dulce. El tono sensual de sus palabras le
envolvió, cautivándole. Podía sentir su respiración acompasada junto a su rostro
y sus hombros se tocaban en leve roce, sentados allí, solos en la playa. Incluso en
los silencios, se dejaban conquistar por el susurro melodioso del cómplice oleaje.
El le contó de su viaje, apenas dos días aún para concluir sus vacaciones y, en
verdad que lo lamentaba, pues ahora que la descubría a ella, al final, era cuando
tenía que marchar. Ella escuchaba con sus ojos, casi acariciaba con ellos y, en
actitud cariñosa, le prometió regalarle algún recuerdo inolvidable. Le calló la
boca con un beso y, a partir de ahí, fueron las manos las que comenzaron a
hablar... El roce de los cuerpos al conocerse se fundió entre rumores de olas y
arena.
Amanecieron así en su sitio de la playa, tras una noche de olas y cuerpos
abrazados. Aquel su último día en la isla fue único, el mejor, tan intenso que no
logró evitar en años sucesivos regresar junto a ella, siempre que tuvo ocasión.
Luego, el tiempo transcurrió al igual para todos. Hoy ya quedó viudo, sus hijos
crecieron y se jubiló. Su cabello se tornó canoso, el rostro ajado y sus manos
arrugadas, pero regresa ávido de emoción a la playa, junto a ella, para sentir su
tacto de piel de arena y los jadeos del mar...
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