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ISLA DEL DESEO

Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a complicarse en exceso.
Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de acuerdo y que envía
las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le pareció a ella dentro del
caos operante en que se encontró envuelta. Lo único bueno pertenecía incluso al
pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó en un sorteo de radio y que
tan a gusto recibió en un principio, también se vio afectado y sería imposible
llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la inevitable ruptura de sus
relaciones sentimentales con que el año dio comienzo. Así que, a la vista de tanta
contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la plaza vacante del susodicho
viaje, condición indispensable para hacerlo realidad. Matilde aceptó de buena
gana, aunque sin mostrar en un principio exagerado entusiasmo. Yoli era una
buena compañera e, incluso, a causa del viaje cabía la posibilidad de que su
amistad fructificara del todo.
Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un soplo entre
planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban nuevamente
renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese vislumbrar el
horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que antes les
atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les llevó hasta la
isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez horas, tuvieron
ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde comentarios
personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana hasta
opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos, incluso
mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban
confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a
conocerse mejor.
Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter desordenado del chico,
además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde los dieciocho años y
eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde la realidad del día a
día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de proponerse metas que lograr
para hacer efectivo el futuro propio en el que convivir junto a ella, se
comportaba como un irresponsable muchacho que parece que siempre va a
continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad era lo que más le
disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de réplicas y
reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera con ella
ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo, tropezar
con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó entre
ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue el
único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la
llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de la
forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su
relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa
confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar
en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y
dejar que las vacaciones discurrieran
espontáneamente.
Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para señalar unas
indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego, subieron a terminar de
colocar sus equipajes en la habitación para después salir a cenar al porche en su
primera noche de vacación. Durante la cena la conversación se hizo más
esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar y, además, habían tocado
por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en el grupo de muchachos
que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa, armaban gran algarabía
y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían dirigido la mirada a su
mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati. Ella había acariciado la
idea de renovar su bagaje emocional con la relación divertida de algún chico y no
descartaba la posibilidad de un romance que diera impulso nuevo a su recién
estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones. Lamentó no encontrar
complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana después de haber
descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin cortapisas, pues no
resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los hábitos que impone
la absorbente rutina.
A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable desperdiciarlo sin
tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el bronceado y dejarlo
bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados cuerpos. Las playas
en la isla eran lo suficientemente extensas para que, exceptuando los núcleos de
entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde escoger tumbarse con
tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba con su cesto de
refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de esas ocasiones, a
causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer madura de color que,
bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de su piel morena.
Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que llevaba a la cabeza
para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les preguntó si asistirían esa
noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa de sus preguntas, la
mujer les contó que habían llegado a la isla precisamente en la celebración de
una de sus fiestas más conmemorativas... Se celebraba cada año coincidiendo con
las dos noches más cercanas al plenilunio, siempre que las mareas lo permitían, y
tenía lugar en la playa que llamaban del Medioeste, desde el acantilado que
separa ambas playas. Era tradición en la isla, continuó explicando la señora de
blanco, que en esa primera noche los jóvenes se desnuden y bañen así sus
cuerpos en la playa; en la del este las muchachas y en la del medio los
muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto ellas como ellos irán a escoger su
pareja sea en una u otra playa.
-A veces se encuentran parejas que duran para siempre...-, detalló la nativa.
La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla y lamentó que
últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para fisgonear los
cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su cesto y abrió
mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una celebración
como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en notarse... “Todo se ve
más claro. Suerte!”, dijo al despedirse.
De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa fiesta de la que no
hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se ofrecía tentadora. En
el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó la noche anterior junto a
ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar uno de ellos saludó con
efusividad...
- Se ha dirigido a ti, Mati,...como si te conociera!
- Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra empresa. Es uno
de los distribuidores...-, Mati lo dijo sin emoción, casi maquinalmente.
Vaya, parecía que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las vacaciones, iban
haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos, su amiga, pensó
Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se había fijado en
el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo era algo. Sí, al
menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto deseaban.
Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas cuando la luna estaba
redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían distinguir los grupos de
chicos y chicas que despojados de toda vestidura bañaban sus cuerpos en el mar.
Se desnudaron, se miraron entre risas y, guardando las ropas en el hueco de una
de las rocas, descendieron a la playa para sumarse a la fiesta de las mujeres. La
temperatura no podía ser más idónea, incluso dentro del agua; la luna con su
halo pleno de luz ayudaba en dar calidez a la noche o, también pudiera ser que
fuera aquella bebida de los cestos que las muchachas repartían generosamente a
todos los participantes. Lo cierto es que la noche transcurrió entre olas, cánticos
y licor, hasta que los cuerpos cansados acabaron retirándose casi al mismo
tiempo que lo hacía la luna.
Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del día para, también
esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo. Yolanda estaba decidida a
disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en silencio al pensar en su
amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y actuar. Cuando llegaron
a lo alto del acantilado observaron como hombres y mujeres acudían de una a
otra playa buscándose, estableciendo parejas previamente elegidas o
improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con impaciencia, guardaron las
ropas entre las rocas y, cuando se disponían a descender por el acantilado, Mati
le agarró de una brazo deteniendo su marcha. Yolanda miró atrás, inquisitiva...
-¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el otro brazo. Luego, le
acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su mano por su rostro con
suavidad.
-No, no puedo... Me gustas tú...
Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad de la noche
silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus sentimientos, su
actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la directriz de sus
emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no le redimía de sus
posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
-Te entiendo, también te quiero, pero no...-, musitó, tratando de consolar a su
amiga.
Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en la pendiente del
acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando el sello de una
amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado. No
presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para echarla
al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y asistentes,
pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido, intenso. Ambas se
confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con confidencias
íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a casa, ambas
pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en sus vidas.
Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la otra, a modo de
compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el cariño de lo que
más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección sirvió para
encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto sexual con
otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la experiencia sufrida
vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó ángulos nuevos e
inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos para ella, pero
no por ello enriquecedores.
La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con especial optimismo,
casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de sus vidas ya había
realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó a las oficinas de la
promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo con el chico que
trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de acuerdo al carácter
mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre. Sin embargo, para
Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó un ligero desahogo
dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al año anterior. Quizás
para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le cumpliera un deseo.
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