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El Carnaval es la
mayor fiesta popular del mundo. No hay nada más importante en el país, incluso, es el símbolo
de la identidad nacional. El Carnaval es capaz de aniquilar, temporalmente, prejuicios y
diferencias sociales, así como la moral y los frenos inhibitorios del inviduo, bajo el signo de
la zambullida del cuerpo y los sentidos en el caos regenerador de la música y del baile, que une
en un prolongado sobresalto vital a todo el que participa en él. El Carnaval brasileño no se
reduce a esto, es también una impresionante máquina multimillonaria: en Salvador con los
trios electricos, en Río con los costosos desfiles de las escuelas de samba. Pero
es, sobre todo, la encarnación del derecho a la felicidad al que nadie, desde los que viven en
las favelas a los que habitan en los rascacielos de cristal, renuncia. Aquí el mismo
disfraz es más un adorno para la exaltación del cuerpo y de la sensualidad que un pretexto
para el juego teatral. Se podría afirmar que es una auténtica liberación del disfraz cotidiano
y de los deseos más recónditos.
Es también una gran fragua de la creatividad popular a través de la cual Brasil crea
y celebra sus mitos. Así es sobre todo en Río de Janeiro, donde se celebra el Carnaval más famoso,
articulado y dispendioso del mundo.

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