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Todos
los años se celebra el dos de febrero, en Salvador, Yemanjá, la orixá de las aguas, que en
el candomblé, la religión afrobrasileña, se halla sincretizada en la Virgen. Una procesión
de saveiros, embarcaciones a vela típicas de Bahía, ofrece al orixá cestos llenos de
jabones, joyas, rosas rojas y otras flores. Si Yemanjá acepta los dones, los cestos se
hundirán en las aguas en señal de buen auspicio; si los rechaza, rosas y joyas flotarán a
la deriva y Bahía temerá por la pesca y sus gentes.
En el interior de la selva de Oxumarê, dedicada al dios del arco iris, una
sacerdotisa, mâe de santo, lleva a cabo la ceremonia de purificación de una filha
de santo, adepta del candomblé, esparciendo los vegetales contenidos en la escudilla
sobre su cabeza mojada...
El eje de este proceso cultural fue y sigue siendo el candomblé, el culto a
los orixás. Estas divinidades traídas de Africa son de origen yoruba y encarnan las fuerzas
de la naturaleza, representando una especie de alter ego divino para los adeptos que los
"convocan" con los tambores sagrados para que se manifiesten en la danza. Según la leyenda,
el mundo de los hombres y el de los dioses se hallaban comunicados entre sí, hasta que los
hombres lo ensuciaron todo. Entonces el dios supremo de los Yoruba, Olodumaré, separó lo
divino de lo humano. Esta sanción dejó una infinita tristeza y una insoportable nostalgia
de la unión y plenitud perdidas. Los hombres se vieron privados de la espiritualidad y del
soplo divino, mientras que los dioses echaban de menos el cuerpo y la danza. Para
restablecer temporalmente esa unidad los hombres empezaron a utilizar la música de sus
tambores sagrados. Los orixás, fieles a la llamada, penetraban en los cuerpos de los hombres,
en estado de trance, para realizar una danza humana y divina que reunificaba ambos mundos.
De esta unión regeneradora, ambos extraían el axé, el principio sagrado, la energía vital
que invade todas las cosas de la creación.
Además de haber sido un elemento unificador para los grupos disgregados por
la esclavitud, el culto de los orixás ha traído a Brasil una religiosidad mística a la vez
que sensual, una manera de moverse, una lengua, una nueva gama de sabores y un universo
sonoro muy vital.

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