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Brasil es un país
ante todo de arquitectos y su capital, Brasilia, es ante todo un experimento arquitectónico.
Realizar ex novo una capital que simbolice la naturaleza del estado y del nuevo hombre que
de él surge es un antiguo sueño que, durante el siglo XX, tuvo muchas tentativas de aplicación.
Para entenderlo es necesario remitirse al Brasil colonial de Bahía y de las restantes ciudades
barrocas de la costa. Sobra decir que el nexo es psicológoco más que formal y estilístico. Así,
el barroco delirante de las iglesias coloniales está relacionado con el gigantismo no
menos exaltado de Brasilia. Estamos ante una explosión barroca disfrazada de funcionalismo. En
realidad, Brasilia es una expresión de orgullo, al igual que ciertas ciudades
de la antiguedad, fundadas después de una conquista cruenta. El orgullo de un país nuevo que
se dispone, por segunda vez en su historia, a partir a la conquista de sí mismo.
Sin embargo, la ciudad no es el fruto espontáneo de una necesidad colectiva,
sino más bien el resultado de la voluntad de unos pocos de crear una ciudad utópica: en
los pliegues de la metrópolis monumental ha surgido, espontánea y desordenada, otra ciudad,
la de los que la construyeron y que viven en edificios precarios y anónimos, o bien en
auténticas favelas. A pesar de todo, aunque el sueño no se hizo realidad,
hay que verla.

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